Palabra de la semana: GRIS
3. Creación de personaje
Gris se llamaba mi abuela. En realidad se llamaba Griselda, pero el nombre –decía- no le pegaba nada y lo recortaba para que reflejara mejor su personalidad. Mentiras. El único nombre que le hubiera sentado bien habría sido el de Belcebú Griselda del Podrido Corazón de Lucifer. Lo del nombre no era sino una más de sus artimañas para atraer más víctimas. Mi abuela era una vistosa planta carnívora dispuesta a engullir cualquier insecto que se acercara demasiado a su boca. Yo tarde exactamente 7 años en descubrirlo. Hasta el día después de mi cumpleaños, Griselda era para mí el ser más fascinante del universo. Era el único pariente con el que me gustaba pasar tiempo. Todos los demás me parecían puro lugar común. En comparación mi abuela era una diosa que no nos merecíamos.
Quiero ser como ella, quiero ser como ella, pensé con todas mis fuerzas mientras apagaba las velas de ese año. Desear algo con tanta intensidad siempre es peligroso. Al día siguiente de la fiesta, mi madre me llevó una vez más a dormir a casa de mi abuela. Necesitaba terminar una traducción urgentemente, le dijo, e iba a quedarse hasta tarde en la oficina. En realidad iba a llevar el novio en turno a pasar la noche en casa. Si lo sabía era porque después de besar a mi mamá y desearle suerte en la oficina, mi abuela cerraba la puerta, perdía la sonrisa y me explicaba el porqué su hija era un caso perdido. Yo sólo asentía, si Griselda decía que mi madre era una meretriz, debía de ser cierto, sin importar lo que significara esa palabra. Normalmente hubiera podido escuchar sus opiniones sobre sus hijos durante horas, pero ese día en particular lo único que yo quería era que mi abuela como todas las tardes se pusiera a hablar por teléfono con sus amigas, me mandara a ver la televisión y me diera tiempo para preparar mi sopresa. Subí a su cuarto y como alista un monaguillo los bártulos para la misa, busqué todo lo que necesitaba y lo coloqué cuidadosamente sobre el tocador. Con verdadera reverencia pinté cada una de mis uñas del mismo tono rojo de mis labios. Me calcé sus tacones y cuando me ponía la estola de piel sobre los hombros la oí entrar al cuarto. Recuerdo que mantuve mi sonrisa hasta que la sorpresa en sus ojos, se convirtió en pánico y después en verdadera furia. En cuestión de segundos me acorraló a golpes contra un rincón, mientras aullaba que no, no y no. Finalmente me levantó de los cabellos, me estrello contra la pared y me gritó que esto no podía permitirlo, que si su nieto había salido un cochino maricón ella me quitaría lo degenerado a palos. Después me arrastró al baño para que me despintara y me ordenó que no le contara a nadie lo que había sucedido.
A la semana siguiente mi madre, encantada con la idea de tener la casa para sí, aceptó su oferta, empacó mis cosas y me mandó a vivir una temporada con mi abuela. Y yo, tal cual lo había pedido, comencé lentamente a convertirme en un monstruo como ella.
ejercicios de escritura y esquizofrenia a las 7:30 de la mañana.