"No hay nada que deteste más que esa sensación polvorienta de la tiza" repetía insistentemente, con esas aseveraciones absolutas e hiperbólicas que nunca son ciertas, porque, de hecho, existían mil cosas que odiaba más que el polvo de la tiza: el humo de los carros, de los buses, de las vespa, del cigarrillo, las pestes, los piti-puás, la berenjena, el queso suizo, la arena en los zapatos, el mal aliento, la irresponsabilidad, el amor romanticón y cursi, entre otros. Pero el asunto era el énfasis, la firmeza, la ilusión de estabilidad que le ofrecían aquellas afirmaciones. No podía asegurar de dónde provenía esa repulsión visceral que le provocaba un objeto tan trivial e insípido como el giz, pero lo odiaba. No soportaba ver las manos blancas de su amigo que, por nerviosismo o manía, jugaba con la tiza mientras hablaba. Ella no entendía la ansiedad, el embeleso, la distracción de que era objeto cuando miraba aquellas manos llenas de ese polvo asqueroso. No había concentración que no sucumbiera ante el espectáculo de sus manos polvorientas y blancuzcas. Ruti le oía entrar en su discurso lacaniano, pero rápidamente perdía el hilo de la oratoria cuando sus ojos asqueados se desorbitaban ante el efecto de prime coat que el giz daba a las manos del amigo. Se le antojaba andar con un bol de agua, de aceite, o de perfume y de revivir el ritual antiguo de lavar los pies (al fin y al cabo, ella también tenía el pelo largo y podría ofrecer uno que otro masaje sensual), claro que, en este caso, lavaría las manos; en particular, las del amigo.
Ella no era Rut, ni él Boz, tampoco era ella María, ni él el Cristo, aunque se pudiera entender el acto del lavatorio como un acto de ofrecimiento sexual; no importaba. Todos sospechaban que allí había algo de juego coquetón y provocado. El asunto era verle las manos limpias, liberar las manos de la imagen de la escritura. Cualquiera diría que llevaba horas escribiendo en la pizarra sin descanso, que había visitado todos los salones del edificio, que había escrito todas las pizarras y había acabado con todo el giz y había, encima, borrado con las manos todos y cada uno de los encerados del building.
Se propuso, entonces, revivir el ritual y cada miércoles aparecía con el bol. Usaba el cabello, la camisa, el pantalón, un papel; lo que hubiera disponible para desaparecerle el blanco y devolverle el color amarillo-café a aquella piel que adoraba. Después de observarlo escribir gastando las tizas, de borrar los pizarrones, sacudir el borrador, vertía el perfume, el aceite, el agua, lo que fuera y le recuperaba el color y el tacto. Una vez allí, terminado el rito, comenzaba el movimiento de manos, el jugueteo de piernas: la otra escritura. Terminado este otro rito, las manos del amigo se volvían a pintar de blanco, otro polvo las cubría.
Esta vez, podía escuchar el discurso sin grandes arcadas, pero había revelado claramente el affair: ya no era el giz, eran las manos del amigo, la escritura, el sexo, Ruti.
ejercicios de escritura y esquizofrenia a las 7:30 de la mañana.