café y ventriloquía
ejercicios de escritura y esquizofrenia a las 7:30 de la mañana.
miércoles, marzo 5
Yo, por primera vez
Era la casa de la abuela. Yo brincaba en la cama de sábana de puntos de piel de tigre del abuelo que había muerto hacía más o menos un año y un mes. Brincaba frente al espejo, jugueteaba, disfrutaba la sensación de elevarme, de alivianarme en el impulso, de sentir todo el peso de mi cuerpo niño cortando el aire, sentirme gravitacional tendiendo hacia el centro mismo de un matre con esprines que aún hoy existe 25 años después casi intacto. Allí donde la abuela gritaba o no que dejara de brincar, que podía caer de la cama, que me esperaba un golpe, que sudaba, que estaba vestida, que llegarían los invitados, que se acercaba mi tercer año, allí allí allí... de momento... me vi. Yo, en el espejo, brincando... era yo... estaba allí, aquí. Yo me vi... enteramente aquí, en mi cuerpo... por primera vez.
jueves, febrero 14
Tiza
"No hay nada que deteste más que esa sensación polvorienta de la tiza" repetía insistentemente, con esas aseveraciones absolutas e hiperbólicas que nunca son ciertas, porque, de hecho, existían mil cosas que odiaba más que el polvo de la tiza: el humo de los carros, de los buses, de las vespa, del cigarrillo, las pestes, los piti-puás, la berenjena, el queso suizo, la arena en los zapatos, el mal aliento, la irresponsabilidad, el amor romanticón y cursi, entre otros. Pero el asunto era el énfasis, la firmeza, la ilusión de estabilidad que le ofrecían aquellas afirmaciones. No podía asegurar de dónde provenía esa repulsión visceral que le provocaba un objeto tan trivial e insípido como el giz, pero lo odiaba. No soportaba ver las manos blancas de su amigo que, por nerviosismo o manía, jugaba con la tiza mientras hablaba. Ella no entendía la ansiedad, el embeleso, la distracción de que era objeto cuando miraba aquellas manos llenas de ese polvo asqueroso. No había concentración que no sucumbiera ante el espectáculo de sus manos polvorientas y blancuzcas. Ruti le oía entrar en su discurso lacaniano, pero rápidamente perdía el hilo de la oratoria cuando sus ojos asqueados se desorbitaban ante el efecto de prime coat que el giz daba a las manos del amigo. Se le antojaba andar con un bol de agua, de aceite, o de perfume y de revivir el ritual antiguo de lavar los pies (al fin y al cabo, ella también tenía el pelo largo y podría ofrecer uno que otro masaje sensual), claro que, en este caso, lavaría las manos; en particular, las del amigo.
Ella no era Rut, ni él Boz, tampoco era ella María, ni él el Cristo, aunque se pudiera entender el acto del lavatorio como un acto de ofrecimiento sexual; no importaba. Todos sospechaban que allí había algo de juego coquetón y provocado. El asunto era verle las manos limpias, liberar las manos de la imagen de la escritura. Cualquiera diría que llevaba horas escribiendo en la pizarra sin descanso, que había visitado todos los salones del edificio, que había escrito todas las pizarras y había acabado con todo el giz y había, encima, borrado con las manos todos y cada uno de los encerados del building.
Se propuso, entonces, revivir el ritual y cada miércoles aparecía con el bol. Usaba el cabello, la camisa, el pantalón, un papel; lo que hubiera disponible para desaparecerle el blanco y devolverle el color amarillo-café a aquella piel que adoraba. Después de observarlo escribir gastando las tizas, de borrar los pizarrones, sacudir el borrador, vertía el perfume, el aceite, el agua, lo que fuera y le recuperaba el color y el tacto. Una vez allí, terminado el rito, comenzaba el movimiento de manos, el jugueteo de piernas: la otra escritura. Terminado este otro rito, las manos del amigo se volvían a pintar de blanco, otro polvo las cubría.
Esta vez, podía escuchar el discurso sin grandes arcadas, pero había revelado claramente el affair: ya no era el giz, eran las manos del amigo, la escritura, el sexo, Ruti.
Ella no era Rut, ni él Boz, tampoco era ella María, ni él el Cristo, aunque se pudiera entender el acto del lavatorio como un acto de ofrecimiento sexual; no importaba. Todos sospechaban que allí había algo de juego coquetón y provocado. El asunto era verle las manos limpias, liberar las manos de la imagen de la escritura. Cualquiera diría que llevaba horas escribiendo en la pizarra sin descanso, que había visitado todos los salones del edificio, que había escrito todas las pizarras y había acabado con todo el giz y había, encima, borrado con las manos todos y cada uno de los encerados del building.
Se propuso, entonces, revivir el ritual y cada miércoles aparecía con el bol. Usaba el cabello, la camisa, el pantalón, un papel; lo que hubiera disponible para desaparecerle el blanco y devolverle el color amarillo-café a aquella piel que adoraba. Después de observarlo escribir gastando las tizas, de borrar los pizarrones, sacudir el borrador, vertía el perfume, el aceite, el agua, lo que fuera y le recuperaba el color y el tacto. Una vez allí, terminado el rito, comenzaba el movimiento de manos, el jugueteo de piernas: la otra escritura. Terminado este otro rito, las manos del amigo se volvían a pintar de blanco, otro polvo las cubría.
Esta vez, podía escuchar el discurso sin grandes arcadas, pero había revelado claramente el affair: ya no era el giz, eran las manos del amigo, la escritura, el sexo, Ruti.
martes, diciembre 18
Tres
4. Diálogo (primer intento)
Siguieron al maître d'hôtel hasta la mesa reservada, y mientras él escogía el vino para esa tarde, ella sin apartar la vista del menú comenzó la conversación.
-¿Tienes algún compromiso importante en dos meses?
-No sé, ya sabes que es muy probable.
-Probable no me sirve. Revisa tu agenda, anda.
No tenía que verla para saber que sonreía burlonamente mientras sacaba el aparato del saco. Hasta ahora sólo tenía dos conferencias en España a principios de mes. Se lo dijo y ella asintió con la cabeza.
-Me parece bien, entonces.
-¿Qué tienes planeado?
-Algo que no puedes perderte.
-¿Qué esta vez?
-Mi funeral.
Llegó el mesero y él pidió una botella de Château ducRu-Beaucaillou, y un poco más de tiempo para ordenar.
-¿Va a ser en agosto, entonces?
-Después del 18, no quiero arruinar tu fiesta de cumpleaños.
-Si es el 19 podríamos aprovechar y contratar el mariachi para los dos eventos. Primero tocan en la casa y después, al día siguiente, los llevamos al cementerio. Nos harían un descuento.
La vio considerándolo un minuto. Nunca se perdía una oferta, iba en contra de su naturaleza.
-No.
-¿Por qué no? ¿Ya no quieres mariachis?
-No te hagas el brillante. Ya sabes que sí. Mariachis, banda, arreglos de flores que no quepan por la puerta y media docena de plañideras que se arranquen los pelos y lloren sobre mi ataúd. Lo que no quiero es compartir mi público contigo.
-No va a ser el mismo día.
-No, pero ya veo llegando medio develados a unos y a otros tantos quedándose en casa por la resaca del día anterior.
-Nadie se atrevería a perderse tu funeral.
-Ése es el plan, pero no pienso arriesgarme por un estúpido error de estrategia. Además tienes el suficiente dinero para pagarme un mariachi decente sin tener que pedir descuento.
-Cierto.
-Entonces no te pongas tacaño. El acuerdo era que iba a tener un funeral de antología, y un funeral de antología voy a tener.
-¿Te parece el 22, entonces? Es un jueves, un buen día para morir. O al menos así lo pensaba Vallejo.
-Jueves 22 de agosto, dijo clavando la mirada en un día invisible que sólo existía en su cabeza. Me gusta el día, Andrés, me gusta. Se verá bien sobre la lápida. Programemos todo para esa fecha.
El mesero volvió para abrir la botella y servir sus copas. Preguntó si ya estaban listos para ordenar, y los dos respondieron afirmativamente. Mientras tomaban la orden de ella, él anotaba para el día 22/08 en su agenda: 7:00 a.m.- 10 p.m. Funeral de Lucía. Si todo salía bien ese día después del entierro incluso tendrían tiempo para ir a cenar.
Siguieron al maître d'hôtel hasta la mesa reservada, y mientras él escogía el vino para esa tarde, ella sin apartar la vista del menú comenzó la conversación.
-¿Tienes algún compromiso importante en dos meses?
-No sé, ya sabes que es muy probable.
-Probable no me sirve. Revisa tu agenda, anda.
No tenía que verla para saber que sonreía burlonamente mientras sacaba el aparato del saco. Hasta ahora sólo tenía dos conferencias en España a principios de mes. Se lo dijo y ella asintió con la cabeza.
-Me parece bien, entonces.
-¿Qué tienes planeado?
-Algo que no puedes perderte.
-¿Qué esta vez?
-Mi funeral.
Llegó el mesero y él pidió una botella de Château ducRu-Beaucaillou, y un poco más de tiempo para ordenar.
-¿Va a ser en agosto, entonces?
-Después del 18, no quiero arruinar tu fiesta de cumpleaños.
-Si es el 19 podríamos aprovechar y contratar el mariachi para los dos eventos. Primero tocan en la casa y después, al día siguiente, los llevamos al cementerio. Nos harían un descuento.
La vio considerándolo un minuto. Nunca se perdía una oferta, iba en contra de su naturaleza.
-No.
-¿Por qué no? ¿Ya no quieres mariachis?
-No te hagas el brillante. Ya sabes que sí. Mariachis, banda, arreglos de flores que no quepan por la puerta y media docena de plañideras que se arranquen los pelos y lloren sobre mi ataúd. Lo que no quiero es compartir mi público contigo.
-No va a ser el mismo día.
-No, pero ya veo llegando medio develados a unos y a otros tantos quedándose en casa por la resaca del día anterior.
-Nadie se atrevería a perderse tu funeral.
-Ése es el plan, pero no pienso arriesgarme por un estúpido error de estrategia. Además tienes el suficiente dinero para pagarme un mariachi decente sin tener que pedir descuento.
-Cierto.
-Entonces no te pongas tacaño. El acuerdo era que iba a tener un funeral de antología, y un funeral de antología voy a tener.
-¿Te parece el 22, entonces? Es un jueves, un buen día para morir. O al menos así lo pensaba Vallejo.
-Jueves 22 de agosto, dijo clavando la mirada en un día invisible que sólo existía en su cabeza. Me gusta el día, Andrés, me gusta. Se verá bien sobre la lápida. Programemos todo para esa fecha.
El mesero volvió para abrir la botella y servir sus copas. Preguntó si ya estaban listos para ordenar, y los dos respondieron afirmativamente. Mientras tomaban la orden de ella, él anotaba para el día 22/08 en su agenda: 7:00 a.m.- 10 p.m. Funeral de Lucía. Si todo salía bien ese día después del entierro incluso tendrían tiempo para ir a cenar.
martes, diciembre 11
Dos
Palabra de la semana: GRIS
3. Creación de personaje
Gris se llamaba mi abuela. En realidad se llamaba Griselda, pero el nombre –decía- no le pegaba nada y lo recortaba para que reflejara mejor su personalidad. Mentiras. El único nombre que le hubiera sentado bien habría sido el de Belcebú Griselda del Podrido Corazón de Lucifer. Lo del nombre no era sino una más de sus artimañas para atraer más víctimas. Mi abuela era una vistosa planta carnívora dispuesta a engullir cualquier insecto que se acercara demasiado a su boca. Yo tarde exactamente 7 años en descubrirlo. Hasta el día después de mi cumpleaños, Griselda era para mí el ser más fascinante del universo. Era el único pariente con el que me gustaba pasar tiempo. Todos los demás me parecían puro lugar común. En comparación mi abuela era una diosa que no nos merecíamos.
Quiero ser como ella, quiero ser como ella, pensé con todas mis fuerzas mientras apagaba las velas de ese año. Desear algo con tanta intensidad siempre es peligroso. Al día siguiente de la fiesta, mi madre me llevó una vez más a dormir a casa de mi abuela. Necesitaba terminar una traducción urgentemente, le dijo, e iba a quedarse hasta tarde en la oficina. En realidad iba a llevar el novio en turno a pasar la noche en casa. Si lo sabía era porque después de besar a mi mamá y desearle suerte en la oficina, mi abuela cerraba la puerta, perdía la sonrisa y me explicaba el porqué su hija era un caso perdido. Yo sólo asentía, si Griselda decía que mi madre era una meretriz, debía de ser cierto, sin importar lo que significara esa palabra. Normalmente hubiera podido escuchar sus opiniones sobre sus hijos durante horas, pero ese día en particular lo único que yo quería era que mi abuela como todas las tardes se pusiera a hablar por teléfono con sus amigas, me mandara a ver la televisión y me diera tiempo para preparar mi sopresa. Subí a su cuarto y como alista un monaguillo los bártulos para la misa, busqué todo lo que necesitaba y lo coloqué cuidadosamente sobre el tocador. Con verdadera reverencia pinté cada una de mis uñas del mismo tono rojo de mis labios. Me calcé sus tacones y cuando me ponía la estola de piel sobre los hombros la oí entrar al cuarto. Recuerdo que mantuve mi sonrisa hasta que la sorpresa en sus ojos, se convirtió en pánico y después en verdadera furia. En cuestión de segundos me acorraló a golpes contra un rincón, mientras aullaba que no, no y no. Finalmente me levantó de los cabellos, me estrello contra la pared y me gritó que esto no podía permitirlo, que si su nieto había salido un cochino maricón ella me quitaría lo degenerado a palos. Después me arrastró al baño para que me despintara y me ordenó que no le contara a nadie lo que había sucedido.
A la semana siguiente mi madre, encantada con la idea de tener la casa para sí, aceptó su oferta, empacó mis cosas y me mandó a vivir una temporada con mi abuela. Y yo, tal cual lo había pedido, comencé lentamente a convertirme en un monstruo como ella.
3. Creación de personaje
Gris se llamaba mi abuela. En realidad se llamaba Griselda, pero el nombre –decía- no le pegaba nada y lo recortaba para que reflejara mejor su personalidad. Mentiras. El único nombre que le hubiera sentado bien habría sido el de Belcebú Griselda del Podrido Corazón de Lucifer. Lo del nombre no era sino una más de sus artimañas para atraer más víctimas. Mi abuela era una vistosa planta carnívora dispuesta a engullir cualquier insecto que se acercara demasiado a su boca. Yo tarde exactamente 7 años en descubrirlo. Hasta el día después de mi cumpleaños, Griselda era para mí el ser más fascinante del universo. Era el único pariente con el que me gustaba pasar tiempo. Todos los demás me parecían puro lugar común. En comparación mi abuela era una diosa que no nos merecíamos.
Quiero ser como ella, quiero ser como ella, pensé con todas mis fuerzas mientras apagaba las velas de ese año. Desear algo con tanta intensidad siempre es peligroso. Al día siguiente de la fiesta, mi madre me llevó una vez más a dormir a casa de mi abuela. Necesitaba terminar una traducción urgentemente, le dijo, e iba a quedarse hasta tarde en la oficina. En realidad iba a llevar el novio en turno a pasar la noche en casa. Si lo sabía era porque después de besar a mi mamá y desearle suerte en la oficina, mi abuela cerraba la puerta, perdía la sonrisa y me explicaba el porqué su hija era un caso perdido. Yo sólo asentía, si Griselda decía que mi madre era una meretriz, debía de ser cierto, sin importar lo que significara esa palabra. Normalmente hubiera podido escuchar sus opiniones sobre sus hijos durante horas, pero ese día en particular lo único que yo quería era que mi abuela como todas las tardes se pusiera a hablar por teléfono con sus amigas, me mandara a ver la televisión y me diera tiempo para preparar mi sopresa. Subí a su cuarto y como alista un monaguillo los bártulos para la misa, busqué todo lo que necesitaba y lo coloqué cuidadosamente sobre el tocador. Con verdadera reverencia pinté cada una de mis uñas del mismo tono rojo de mis labios. Me calcé sus tacones y cuando me ponía la estola de piel sobre los hombros la oí entrar al cuarto. Recuerdo que mantuve mi sonrisa hasta que la sorpresa en sus ojos, se convirtió en pánico y después en verdadera furia. En cuestión de segundos me acorraló a golpes contra un rincón, mientras aullaba que no, no y no. Finalmente me levantó de los cabellos, me estrello contra la pared y me gritó que esto no podía permitirlo, que si su nieto había salido un cochino maricón ella me quitaría lo degenerado a palos. Después me arrastró al baño para que me despintara y me ordenó que no le contara a nadie lo que había sucedido.
A la semana siguiente mi madre, encantada con la idea de tener la casa para sí, aceptó su oferta, empacó mis cosas y me mandó a vivir una temporada con mi abuela. Y yo, tal cual lo había pedido, comencé lentamente a convertirme en un monstruo como ella.
lunes, diciembre 10
Uno
Palabra de la semana: GRIS
1. Tono Gianninesco (enumerativo)
Madison es para mí el lugar perfecto para curarme de mi extremismo cromático. Blanco y negro. De un lado la nieve, el lago congelado, la sonrisa de mis amigos, mi cuenta bancaria. Del otro la noche que comienza a las 4:30 de la tarde, mi humor, mi abrigo, los guantes, el gorro y la bufanda. Soy un bulto negro caminando contrastantemente por este paisaje nevado. A pesar de eso, Madison no es lo uno ni lo otro, Madison es gris. El blanco y el negro se mezclan en el ánimo de las personas, en el color de las casas, en el cielo que amanece 5 meses al año arrugado. Aquí no quedan fuerzas para ser de otro color. No quedan ganas de ser todo o nada. Demasiado esfuerzo desperdiciado.
2. Tono vertiginoso (o por lo menos un poco más rápido)
Lo más cabrón de esta ciudad es tener que levantarte con el gris embarrado en las fosas nasales. Tener que escupir la angustia en ayunas. Echarte cualquier cosa en el estómago para disimular el mal sabor de hocico. El pinche desperdicio. Invertir todas las mañanas 15 minutos para cubrirte el culo apropiadamente, y que no sirva de nada. Una vez en la calle la tembladera que comienza en los huevos y termina en los dientes. Puro miedo cabrón. Emasculado por congelamiento. Este puto frío con la cara de Lorena Bobbit, ansiosa de cortarte el pito al menor descuido.
1. Tono Gianninesco (enumerativo)
Madison es para mí el lugar perfecto para curarme de mi extremismo cromático. Blanco y negro. De un lado la nieve, el lago congelado, la sonrisa de mis amigos, mi cuenta bancaria. Del otro la noche que comienza a las 4:30 de la tarde, mi humor, mi abrigo, los guantes, el gorro y la bufanda. Soy un bulto negro caminando contrastantemente por este paisaje nevado. A pesar de eso, Madison no es lo uno ni lo otro, Madison es gris. El blanco y el negro se mezclan en el ánimo de las personas, en el color de las casas, en el cielo que amanece 5 meses al año arrugado. Aquí no quedan fuerzas para ser de otro color. No quedan ganas de ser todo o nada. Demasiado esfuerzo desperdiciado.
2. Tono vertiginoso (o por lo menos un poco más rápido)
Lo más cabrón de esta ciudad es tener que levantarte con el gris embarrado en las fosas nasales. Tener que escupir la angustia en ayunas. Echarte cualquier cosa en el estómago para disimular el mal sabor de hocico. El pinche desperdicio. Invertir todas las mañanas 15 minutos para cubrirte el culo apropiadamente, y que no sirva de nada. Una vez en la calle la tembladera que comienza en los huevos y termina en los dientes. Puro miedo cabrón. Emasculado por congelamiento. Este puto frío con la cara de Lorena Bobbit, ansiosa de cortarte el pito al menor descuido.
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